lunes, 8 de diciembre de 2014

Menos mal que me tengo

                    Después de tantas recaídas te das cuenta de que lo único importante es tu propia actitud frente a los problemas. Cuando tu vida se encuentra en medio de un caos existencial, donde tus problemas son sustancialmente dañinos, te percatas de lo mucho que nos quejamos en esta sociedad por superficialidades inculcadas por los estereotipos y el caso omiso que hacemos a los demás cuando sus problemas van algo más allá. Nadie se preocupa por ti porque no saben ni siquiera cómo reaccionar entregando una pequeña parte de su tiempo e interés. Son egoístas hasta para prestar ayuda. Es en los peores momentos donde te das cuenta que los amigos de verdad no existen, ya que incluso para tener un poco de apoyo has de ser tú quién, entre lágrimas, les haga un cartel luminoso donde resalte “eh, necesito un poco de ti y de tu tiempo”. No sé qué está pasándole al mundo ni a la sociedad, parece que las tecnologías y la publicidad consumista nos dan un lavado de cabeza tan profundo que nos cala hasta el cerebro y nos disuelve los valores. Pero, ¿es que tan difícil es prestar un poco de atención a un/a amigo/a?, ¿nos cuesta tanto activar la empatía y comprender que tenemos que ayudar alguna vez a quien más lo necesita para después ser nosotros ayudados cuando lo necesitemos? Las personas que sí reaccionan ante problemas ajenos acaban por aborrecer la falta de interés cuando esta ayuda no es recíproca. Y es aquí donde debemos darnos cuenta de que si no nos queremos, ni somos independientes, ni tenemos fuerza interior, acabamos perdidos, hundidos en nuestras miserias ya que somos los únicos en verdaderamente poder hacer frente de las adversidades. Las únicas personas que puede ser que te ofrezcan una ayuda sincera serán los miembros de tu familia, y a veces, por desgracia, ni siquiera ellos. En fin, siento que cuando tus supuestos amigos te ven llorar incluso llegan a sentir una chispa de llamémosle auto-satisfacción. Se sienten satisfechos de no estar ellos en tu pellejo y de no ser ellos los que lloran en ese instante. Somos egoístas hasta para ser empáticos y secar las lágrimas del prójimo. Suerte que yo no soy así. Suerte que yo soy yo y me tengo a mí.